Como aprender ingles

Republica dominicana

Al día siguiente ya teníamos que salir hacia la ciudad. Aprovechamos la mañana en la playa, recogiendo piedras de colores, y después bañándonos en la piscina en las rocas frente a nuestro bungalow. Todo eran risas y abrazos, aunque los dos sabíamos lo que estaba sucediendo. Me hubiera gustado poder inmortalizar ese momento, ya que el recuerdo se basa en eso, en memorizar los buenos momentos para poder recordarlos siempre que se quiera, Republica dominicana días antes se nos había estropeado la cámara que yo había llevado.

Aun nos quedaba bastante viaje por hacer ese día. Primero, nos recogió una motocarro para llevarnos al pueblo. Puso la maleta en la parte trasera, atada con una cuerdecita. Ibamos pegando saltos entre los baches, llenándonos de polvo, y yo no quitaba ojo a la maleta, en cualquier momento nos salía disparada montaña leer mas.

Una vez en el pueblo paramos una combi, que ellos llaman. Esas pequeñas furgonetas, con capacidad para unas 10 personas, con uno que asoma a cada momento por la ventanilla gritando el destino, y para ante la llamada de los pasajeros. Nos subimos a una, pusieron nuestra maleta en la parte superior, en la baca, también atada con cuerdas, y nos metimos dentro. Yo veía que no cabíamos, aunque tuvimos la suerte de encontrar dos asientos vacíos, ya que después la furgoneta llegó a llenarse hasta unas 20 personas, de pie, en un trayecto que iba a durar dos horas. Nos costó 3 $, cuando el viaje de ida lo habíamos hecho en taxi por un valor de 53 $ (el timo del turista, supongo). Me pareció estar en una película española de los años 60.

Los asientos eran de plástico, yo estaba sudando. Me había hecho tatuar con henna un pájaro precolombino allí donde se me acaba la espalda, y con ese calor se me estaba derritiendo. La furgoneta era estrecha, la música de bachata a toda pastilla, pero me sentía bien, él me sonreía y apoyaba su cabeza en mi hombro. A veces me sorprenden estos gestos de complicidad viniendo de él, tan seco para con los demás.

Yo suelo marearme en coche, así que me había tomado una pastilla para el mareo, de esas que te quedas frita, ¡vamos!, pero durante las dos horas que duró el trayecto no conseguí dormir, no sé si por la música, los baches, los calores… Una vez en el pueblo teníamos hambre, y nos metimos en un restaurante. Menú ejecutivo decía; entramos allí, pero no sé a que venía el nombre, pues más parecía un almacén que un restaurante. Nos ubicaron bajo un tejado de uralita y la chica, en voz bien baja, nos cantaba lo que había. Yo no entendía prácticamente nada, y acabé pidiendo lo mismo que siempre: arroz con marisco. A mí empezó a afectarme la pastilla que había tomado, así que acabé casi durmiendo recostada en la mesa.